Escrito y revisado por Iván Gálvez González (Psicólogo colegiado núm.. 32293)
Índice de contenidos
Introducción
Vivimos en una cultura que valora el control: control del tiempo, del cuerpo, de las emociones, del futuro. Se nos enseña que controlar es sinónimo de responsabilidad, seguridad y éxito. Sin embargo, en el ámbito de la ansiedad, el intento de control —aunque parezca lógico y necesario— a menudo se convierte en el combustible que la alimenta, creando una relación complicada entre ansiedad y control.
Las personas que experimentan ansiedad con frecuencia intentan controlar aquello que sienten, piensan o temen. Repetir comprobaciones, buscar certezas, anticipar escenarios, revisar mensajes o planificar cada detalle son conductas que surgen con la intención de calmarse. Y de hecho, lo logran… aunque solo por un momento. Poco después, la preocupación vuelve, reforzando el ciclo de control y ansiedad.
Desde el análisis funcional de la conducta, la ansiedad puede entenderse no tanto como “un problema interno”, sino como un conjunto de respuestas aprendidas que se mantienen porque cumplen una función: reducir el malestar inmediato. Cuando alguien siente ansiedad y lleva a cabo una conducta de control (por ejemplo, comprobar tres veces si ha cerrado la puerta), obtiene una consecuencia inmediata —una breve sensación de alivio— que refuerza esa conducta y hace que sea más probable que la repita en el futuro.
El control, entonces, no es el enemigo. Su función original es adaptativa: protegernos del peligro y darnos una sensación de orden frente a la incertidumbre. Pero cuando se convierte en una estrategia rígida e inflexible para escapar del malestar, acaba generando el efecto contrario: más vigilancia, más agotamiento y, paradójicamente, más ansiedad y control.
Comprender este ciclo desde una mirada funcional nos permite observar el comportamiento sin juzgarlo, analizar qué lo mantiene y, sobre todo, descubrir alternativas más flexibles que permitan a la persona relacionarse con su ansiedad sin quedar atrapada en la necesidad de controlarla todo el tiempo.
Entender la interacción entre la ansiedad y control es fundamental para abordar estos problemas de manera efectiva.

Cómo entendemos la ansiedad y control desde el análisis funcional de la conducta
Cuando una persona llega a consulta psicológica diciendo “no puedo dejar de preocuparme”, “necesito tenerlo todo bajo control” o “si no reviso las cosas, siento que algo malo va a pasar”, el objetivo terapéutico no es eliminar la ansiedad, sino comprender qué función cumple esa conducta en su vida.
Eso es, precisamente, lo que busca el análisis funcional de la conducta: entender para qué sirve lo que la persona hace y qué lo mantiene en el tiempo. Y algo muy interesante aquí: ansiedad y control suelen venir siempre de la mano.
Desde esta perspectiva, no hablamos de “síntomas” aislados, sino de comportamientos que se repiten porque cumplen una función adaptativa a corto plazo —aunque a largo plazo resulten problemáticos.
El análisis funcional se resume con una fórmula simple pero potente:
Antecedente → Conducta → Consecuencia.
Ejemplo 1: el control como forma de evitar la incertidumbre
Imaginemos que Laura siente ansiedad cada vez que tiene que salir de casa. Antes de irse, revisa varias veces si ha cerrado el gas, las luces y las ventanas.
- Antecedente: sensación de duda o inseguridad (“¿y si me dejo algo abierto?”).
- Conducta: revisar una y otra vez los objetos antes de salir.
- Consecuencia: siente alivio inmediato al comprobarlo; su ansiedad disminuye temporalmente.
Desde el punto de vista funcional, la conducta de revisar no se mantiene porque “sea irracional”, sino porque reduce el malestar a corto plazo. Ese alivio actúa como un reforzador negativo: al desaparecer la ansiedad, el comportamiento de control gana fuerza.
El problema surge cuando esta secuencia se repite tantas veces que la persona necesita revisar cada vez más para sentirse tranquila. Así, la conducta que nació para “calmar” termina alimentando la ansiedad.
Ejemplo 2: el control interno o mental
A veces, el control no se expresa en acciones visibles, sino en conductas encubiertas: pensamientos, autodiálogo, comprobaciones mentales.
Por ejemplo, Marcos suele anticipar todas las posibles dificultades antes de una reunión importante.
- Antecedente: pensamiento de amenaza (“¿y si me equivoco?”).
- Conducta: repasar mentalmente todo lo que podría salir mal y cómo respondería.
- Consecuencia: siente que “se prepara” y reduce temporalmente la ansiedad.
Sin embargo, cuanto más intenta controlar sus pensamientos, más presente se hace la ansiedad, porque el intento de eliminarla activa el mismo sistema de alerta que la mantiene.
La función, no la forma
El análisis funcional nos invita a dejar de centrarnos en el qué (la forma de la conducta) y mirar el para qué.
No se trata de juzgar si revisar, anticipar o planificar está “mal”, sino de observar si esas conductas ayudan o interfieren con la vida de la persona.
Cuando las conductas de control son flexibles, ayudan a adaptarse. Cuando se vuelven rígidas, repetitivas o impulsadas por el miedo, se transforman en una trampa que mantiene el problema.
Por eso, en lugar de tratar de “controlar la ansiedad”, el proceso terapéutico consiste en entender las condiciones que la disparan, las respuestas que la mantienen y las consecuencias que la refuerzan, para poder generar alternativas más funcionales.

Intervenir en la ansiedad y control desde el análisis funcional: cuando dejar de controlar es el verdadero cambio
Una vez que comprendemos cómo funciona la relación entre ansiedad y control —qué la activa, qué la mantiene y qué la alivia a corto plazo—, el siguiente paso en terapia no es “eliminar la ansiedad”, sino modificar el patrón de interacción que refuerza el control.
En términos del análisis funcional, se trata de intervenir sobre las contingencias: los antecedentes, las conductas y sus consecuencias.
El objetivo es debilitar las conductas de control que mantienen la ansiedad y reforzar comportamientos nuevos, más flexibles y adaptativos.
1. Identificar el ciclo de control y ansiedad
El primer paso consiste en que la persona aprenda a observar su propio ciclo funcional:
- ¿Qué suele sentir justo antes de necesitar controlar algo?
- ¿Qué hace exactamente para calmarse?
- ¿Qué efecto inmediato consigue al hacerlo?
Esta fase de autoconocimiento ya tiene un valor terapéutico, porque convierte la ansiedad en algo comprensible y predecible, en lugar de caótico o misterioso.
Ejemplo:
Marta se da cuenta de que revisa compulsivamente el correo del trabajo cada noche para “no dejar nada pendiente”. Al observarlo, comprende que lo hace justo cuando empieza a sentir preocupación por no ser suficiente. Su revisión no mejora su rendimiento, pero sí alivia temporalmente su ansiedad.
2. Exposición con prevención de respuesta
Una vez identificada la función de las conductas de control, se introduce gradualmente la exposición: permitir que aparezca la ansiedad sin recurrir al control.
Ejemplo:
Marta decide no revisar el correo una noche. La ansiedad aumenta inicialmente, pero al mantenerse en la experiencia sin ceder al impulso de controlar, su sistema de alarma se regula poco a poco de manera natural. Con el tiempo, aprende que la ansiedad disminuye sin necesidad de comprobar nada.
Desde esta perspectiva, la exposición no es “aguantar” la ansiedad, sino un entrenamiento para aprender que no es peligrosa y que puede gestionarse de otra forma.
3. Sustituir conductas de control por respuestas más flexibles
En lugar de eliminar las conductas de control de golpe, el análisis funcional propone sustituirlas por otras que cumplan la misma función (reducir malestar) pero sin mantener el problema.
Por ejemplo:
- En lugar de revisar tres veces, hacerlo una sola y registrar la sensación de ansiedad sin repetir la acción.
- Sustituir la comprobación constante por una pausa de respiración o una acción distinta (dar un paseo, llamar a alguien).
- Reforzar verbalmente el logro (“he tolerado la incertidumbre sin revisar”).
El refuerzo positivo (el reconocimiento del logro, la sensación de autoeficacia) se convierte en la nueva consecuencia que mantiene la conducta más saludable.
4. Reestructurar los antecedentes
Algunas intervenciones se centran en modificar las condiciones que disparan el control:
- Reducir la sobreexposición a estímulos que activan el sistema de alarma (por ejemplo, revisar noticias negativas).
- Practicar rutinas de descanso y autocuidado que disminuyan la activación fisiológica.
- Reestructurar los contextos asociados al control (por ejemplo, establecer límites en el trabajo).
De este modo, se debilita el vínculo entre el antecedente (incertidumbre) y la conducta problema (control excesivo).
5. Promover aceptación y tolerancia a la incertidumbre
El cambio más profundo ocurre cuando la persona aprende a aceptar la presencia de la ansiedad como una respuesta natural, sin luchar contra ella.
El control deja de ser el medio principal para sentirse seguro, y se abre espacio a una nueva relación con el malestar.
“La meta no es controlar la ansiedad, sino aprender a vivir sin que el control dirija tu vida.”
El trabajo terapéutico desde el análisis funcional facilita este cambio porque se apoya en datos concretos —conductas observables, consecuencias reales— y no en interpretaciones abstractas.
La persona puede ver, paso a paso, cómo las conductas de control refuerzan la ansiedad, y cómo al modificar su patrón conductual, el sistema se reorganiza.
En resumen
El control no es algo que haya que eliminar, sino una estrategia que puede volverse disfuncional cuando se convierte en la única respuesta posible ante el malestar.
La terapia, entendida desde el análisis funcional, ayuda a romper el círculo del alivio inmediato y a construir una manera más libre de responder a la ansiedad.

Conclusión: soltar el control, recuperar la libertad
La ansiedad no es un enemigo a vencer, sino una señal que nos recuerda nuestra vulnerabilidad humana y nuestro deseo de sentirnos a salvo.
Intentar controlarlo todo es una forma de protegernos del miedo, pero a menudo se convierte en la trampa que lo perpetúa. Cuanto más tratamos de evitar la incertidumbre, más nos alejamos de la experiencia de vivir plenamente.
Comprender el papel del control dentro de la ansiedad —no como un defecto, sino como una estrategia que alguna vez funcionó— nos permite mirarnos con compasión.
Desde el análisis funcional, el cambio no surge de luchar contra la ansiedad, sino de entender qué función cumple cada conducta y permitirnos actuar de un modo más flexible, más libre y más coherente con lo que realmente queremos.
Soltar el control no significa rendirse, sino abrirse a la vida sin el filtro del miedo, confiando en que podemos sostener lo que venga, incluso el malestar.
Ese es, en el fondo, el corazón del proceso terapéutico: aprender a estar con lo que sentimos sin tener que escapar de ello.
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Referencias
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