Enfoque transdiagnóstico: entender la ansiedad más allá de las etiquetas

Muchas personas llegan a terapia después de haber intentado ponerle nombre a lo que les ocurre.

“¿Será ansiedad?”
“¿Será depresión?”
“¿Y si tengo un trastorno obsesivo?”
“¿Y si lo mío no encaja en ninguna categoría?”
“¿Tengo ansiedad social?”

Hacerse este tipo de preguntas es comprensible. Cuando una persona sufre, necesita entender qué le pasa. Necesita ordenar el caos interno, poner palabras al malestar y encontrar una explicación que le ayude a sentirse menos perdida.

En ese sentido, recibir un diagnóstico puede resultar tranquilizador. Puede ofrecer un nombre, una categoría, una forma de decir: “esto que me pasa existe”. Sentir que tu sufrimiento es común y que tiene solución es muy tranquilizador.

El problema aparece cuando confundimos ponerle una etiqueta al sufrimiento con comprender realmente cómo funciona ese sufrimiento.

Porque una etiqueta diagnóstica puede describir una parte del problema, pero no necesariamente explica por qué aparece, por qué se mantiene, qué función cumple en la vida de esa persona o qué necesita cambiar para que empiece a mejorar.

Dos personas pueden recibir el mismo diagnóstico de ansiedad y, sin embargo, vivir problemas muy distintos. Una puede evitar salir de casa por miedo a sufrir una crisis. Otra puede estar atrapada en pensamientos constantes sobre el futuro. Otra puede tener miedo a decepcionar a los demás. Otra puede vivir pendiente de sus sensaciones corporales. Otra puede sentirse incapaz de tolerar la incertidumbre.

Todas podrían compartir una misma etiqueta, pero no necesariamente el mismo problema psicológico de fondo.

Y también ocurre lo contrario: una misma persona puede recibir varias etiquetas a lo largo del tiempo. Ansiedad, depresión, ataques de pánico, obsesiones, estrés, problemas de autoestima… Como si cada síntoma necesitara su propio compartimento.

Pero, en muchos casos, quizá no estamos ante problemas completamente separados, sino ante diferentes manifestaciones de procesos comunes: evitación, rumiación, miedo a determinadas emociones, dificultades de regulación emocional o intolerancia a la incertidumbre.

Aquí es donde el enfoque transdiagnóstico propone un cambio de mirada.

En lugar de empezar preguntando únicamente “qué trastorno tiene esta persona”, también se pregunta:

¿Qué procesos están manteniendo su sufrimiento?

¿Qué explica mi sufrimiento en este momento vital?

Y esta diferencia puede cambiar profundamente la forma de entender y trabajar problemas como la ansiedad.

Enfoque transdiagnóstico y ansiedad

Escrito y revisado por Iván Gálvez González (Psicólogo colegiado núm.. 32293)

Qué es el enfoque transdiagnóstico en psicología

El enfoque transdiagnóstico es una forma de entender los problemas psicológicos que no se centra únicamente en el diagnóstico, sino en los procesos comunes que pueden estar presentes en diferentes formas de malestar emocional.

Dicho de forma sencilla: en lugar de mirar solo la etiqueta —ansiedad, depresión, trastorno obsesivo, fobia, ataques de pánico—, intenta comprender qué mecanismos psicológicos están manteniendo el problema.

Desde una mirada más tradicional, podríamos intentar clasificar lo que le ocurre a una persona dentro de una categoría concreta. Esto puede tener cierta utilidad para ordenar información, investigar o comunicarnos entre profesionales. Pero en la práctica clínica cotidiana, muchas veces se queda corto.

Porque saber que alguien “tiene ansiedad” no nos dice necesariamente qué está evitando, qué pensamientos se repiten, qué emociones teme sentir, qué intenta controlar o qué estrategias utiliza para aliviarse a corto plazo aunque le perjudiquen a largo plazo.

Por eso, desde una perspectiva transdiagnóstica, además de observar los síntomas, nos hacemos otras preguntas:

¿Qué hace la persona cuando aparece el malestar?
¿Qué intenta evitar?
¿Qué emociones le resultan intolerables?
¿Qué pensamientos se repiten una y otra vez?
¿Qué estrategias utiliza para sentirse mejor a corto plazo?
¿Y cuáles de esas estrategias están manteniendo el problema a largo plazo?

Esta forma de trabajar parte de una idea importante: muchos problemas psicológicos aparentemente distintos comparten procesos similares.

Por ejemplo, la evitación puede aparecer en una persona con ansiedad social, que evita exponerse a situaciones con otras personas; en alguien con depresión, que deja de hacer actividades que antes le daban sentido; o en una persona con ataques de pánico, que empieza a evitar lugares donde teme sentirse mal.

La forma externa del problema cambia, pero el proceso psicológico puede ser parecido.

El límite de los diagnósticos: cuando una etiqueta se queda corta

Los diagnósticos psicológicos pueden ser útiles en determinados contextos. Pueden ayudar a nombrar un conjunto de síntomas, facilitar cierta comunicación clínica o permitir que una persona entienda que lo que le ocurre no es algo extraño ni único.

Pero un diagnóstico no debería confundirse con una explicación completa.

Decir que alguien “tiene ansiedad”, “tiene depresión” o “tiene un trastorno obsesivo” puede describir una parte de lo que ocurre, pero no nos dice necesariamente cómo funciona ese problema en la vida concreta de esa persona.

Una etiqueta diagnóstica no explica su historia, su forma de relacionarse con sus emociones, sus aprendizajes previos, sus miedos, sus estrategias de evitación, sus patrones de pensamiento o el modo en que intenta regular lo que siente.

Además, conviene recordar algo importante: los diagnósticos no son realidades cerradas que existan de forma natural como si fueran objetos perfectamente delimitados. Son categorías construidas para agrupar determinados patrones de síntomas. Pueden tener utilidad, sí, pero también tienen límites.

Uno de esos límites es que dos personas con el mismo diagnóstico pueden presentar síntomas muy distintos.

Pensemos en dos personas diagnosticadas de ansiedad. Una puede vivir pendiente de sus sensaciones corporales y temer que cualquier cambio físico sea señal de peligro. Otra puede pasar el día anticipando problemas futuros, intentando controlar todo lo que podría salir mal. Ambas podrían compartir la misma etiqueta, pero estar atrapadas en mecanismos psicológicos diferentes.

Lo mismo puede ocurrir con la depresión. Dos personas pueden recibir el mismo diagnóstico, pero una puede estar marcada principalmente por la pérdida de sentido y la desconexión de actividades importantes, mientras que otra puede estar atrapada en autocrítica, culpa y rumiación constante.

La etiqueta es la misma. El funcionamiento del problema, no.

Este es uno de los grandes límites del modelo basado en categorías diagnósticas: puede dar la impresión de que dos personas con el mismo diagnóstico tienen el mismo problema, cuando en realidad pueden necesitar intervenciones muy diferentes.

Y también puede ocurrir lo contrario: que una persona con síntomas mezclados reciba varias etiquetas distintas, como si tuviera muchos problemas separados dentro de sí.

Ansiedad, depresión, ataques de pánico, obsesiones, problemas de sueño, baja autoestima, estrés… Cada nombre puede describir una parte del malestar, pero quizá no explica el sistema completo.

Ansiedad enfoque transdiagnostico

Ansiedad, depresión y comorbilidad: cuando los síntomas se mezclan

Una de las dificultades más evidentes del modelo diagnóstico tradicional aparece cuando una persona no encaja limpiamente en una sola categoría.

Y esto, en terapia, es muy habitual.

Muchas personas no llegan diciendo simplemente: “tengo ansiedad” o “tengo depresión”. Llegan con una mezcla mucho más compleja:

“Me siento triste, pero también estoy muy nervioso.”
“No tengo ganas de hacer nada, pero mi cabeza no para.”
“Me cuesta dormir porque pienso demasiado.”
“Evito planes, pero luego me siento culpable por aislarme.”
“Tengo miedo al futuro, pero también siento que nada tiene sentido.”
“No sé si tengo ansiedad, depresión, estrés o todo a la vez.”

Desde un modelo basado en categorías, esta mezcla suele entenderse como comorbilidad. Es decir, la presencia de varios diagnósticos al mismo tiempo.

Una persona puede recibir un diagnóstico de ansiedad generalizada y, además, depresión. Otra puede tener ataques de pánico y síntomas depresivos. Otra puede presentar ansiedad social, obsesiones y problemas de regulación emocional.

El problema es que, cuando multiplicamos las etiquetas, podemos acabar transmitiendo la idea de que la persona tiene varios “trastornos” separados dentro de sí, como si cada síntoma perteneciera a una caja distinta.

Pero la realidad clínica no funciona así.

En muchos casos, la ansiedad y la depresión no aparecen como dos problemas completamente independientes, sino como partes de un mismo sistema de malestar.

Una persona puede empezar evitando situaciones porque le generan ansiedad. Al principio, esa evitación le alivia. Pero con el tiempo empieza a hacer menos cosas, se aísla, pierde contacto con actividades que antes le daban sentido, se siente menos capaz y su estado de ánimo cae. Entonces aparecen la tristeza, la apatía, la culpa o la sensación de bloqueo.

¿Estamos ante ansiedad?
¿Estamos ante depresión?
¿Estamos ante dos trastornos separados?

Quizá la pregunta más útil sea otra:

¿Qué procesos están conectando todo esto?

Desde una mirada transdiagnóstica, podríamos observar que esa persona está atrapada en varios mecanismos que se retroalimentan: evita lo que teme, pierde contacto con actividades importantes, rumia sobre lo que le pasa, se critica por no mejorar y empieza a temer sus propias emociones.

La etiqueta “ansiedad con depresión” puede describir parte del cuadro, pero no explica suficientemente el funcionamiento del problema.

Por eso, la comorbilidad es un punto clave para entender las limitaciones del modelo diagnóstico tradicional. Si tantas personas presentan varios diagnósticos a la vez, quizá el problema no está solo en las personas, sino también en la forma en que intentamos clasificar su sufrimiento.

Tal vez no siempre tiene sentido pensar que alguien “tiene muchos trastornos”. A veces tiene más sentido pensar que hay procesos psicológicos comunes que se expresan de distintas formas.

Procesos psicológicos comunes que mantienen el malestar

El enfoque transdiagnóstico no se queda en la superficie de los síntomas. Intenta ir un paso más allá y entender qué procesos psicológicos están manteniendo el problema.

Esto es importante porque los síntomas pueden cambiar de forma, pero los mecanismos que los sostienen pueden ser parecidos.

Una persona puede tener ansiedad antes de una reunión, tristeza al llegar a casa, pensamientos repetitivos por la noche y miedo a tomar decisiones. Si miramos solo los síntomas, podríamos pensar que hay muchos problemas distintos. Pero si observamos con más detalle, quizá encontramos procesos comunes que se repiten en diferentes momentos.

Por ejemplo: evita situaciones que le incomodan, le da muchas vueltas a lo que siente, intenta controlar todo lo que podría pasar, se asusta cuando aparece una emoción intensa y no sabe muy bien cómo regularla.

Ahí empieza a tener sentido una mirada transdiagnóstica.

Evitación: cuando el alivio inmediato mantiene el problema

La evitación es uno de los procesos más importantes en muchos problemas de ansiedad, depresión y malestar emocional.

Evitar no significa solo no hacer algo. A veces es cancelar planes, posponer una conversación, no mirar una factura, no pedir ayuda, no salir de casa, no hablar de ciertos temas o mantenerse siempre ocupado para no sentir.

A corto plazo, la evitación suele funcionar. Si algo me da miedo y lo evito, siento alivio. Si una conversación me incomoda y la aplazo, baja mi ansiedad. Si una emoción me resulta insoportable y me distraigo rápidamente, parece que recupero el control.

El problema es que ese alivio tiene un coste.

Cada vez que evito, mi cerebro aprende que aquello era peligroso o que yo no habría podido manejarlo. La ansiedad baja en el momento, pero el miedo se fortalece a largo plazo. Además, la vida se va haciendo más pequeña: menos planes, menos decisiones, menos conversaciones, menos experiencias, menos confianza.

En una persona con ansiedad, la evitación puede aparecer como miedo a exponerse a determinadas situaciones. En una persona con depresión, puede aparecer como aislamiento o abandono de actividades. En alguien con miedo a las emociones, puede aparecer como intento constante de no sentir.

La forma cambia, pero el proceso es similar: escapar del malestar ahora, aunque eso mantenga el problema después.

Rumiación: pensar mucho no siempre es comprender mejor

La rumiación consiste en dar vueltas de forma repetitiva a una preocupación, un error, una sensación, una decisión o una emoción.

A veces la persona cree que está intentando entenderse, analizar lo que pasa o encontrar una solución. Pero, en realidad, la rumiación no suele llevar a una conclusión útil. Más bien deja a la persona atrapada en un bucle mental.

Puede sonar así:

“¿Por qué estoy así?”
“¿Y si nunca mejoro?”
“¿Por qué dije eso?”
“¿Y si me equivoco?”
“¿Y si esto significa que tengo algo grave?”
“¿Por qué no puedo ser como los demás?”

La rumiación puede alimentar la ansiedad cuando se orienta hacia el futuro y se convierte en anticipación constante de amenazas. También puede alimentar la depresión cuando se centra en el pasado, en la culpa o en una visión negativa de uno mismo.

El problema no es pensar. Pensar es necesario. El problema aparece cuando pensar se convierte en una estrategia rígida para intentar controlar el malestar, pero termina aumentando la angustia, la duda o la sensación de bloqueo.

Intolerancia a la incertidumbre: la necesidad de tenerlo todo claro

La incertidumbre forma parte de la vida, pero para algunas personas se vuelve especialmente difícil de tolerar. No saber qué va a pasar, no tener garantías, no poder controlar todas las variables o no estar completamente seguro puede generar un malestar muy intenso.

Cuando esto ocurre, la persona puede intentar reducir la incertidumbre de muchas maneras: buscando información constantemente, pidiendo tranquilidad a otras personas, revisando decisiones, anticipando todos los escenarios posibles, evitando elegir o intentando controlar en exceso.

De nuevo, estas estrategias pueden aliviar a corto plazo. Pero a largo plazo suelen reforzar la idea de que no se puede vivir sin seguridad total.

La intolerancia a la incertidumbre está muy presente en muchos problemas de ansiedad. Pero también puede aparecer en dificultades obsesivas, en problemas de toma de decisiones, en miedo al futuro, en inseguridad personal o en relaciones donde la persona necesita confirmar constantemente que todo está bien.

Muchas veces, parte del trabajo terapéutico consiste en aprender a vivir con más incertidumbre sin quedar atrapado en estrategias de control que acaban agotando.

Dificultades de regulación emocional: cuando sentir se vuelve desbordante

Regular las emociones no significa eliminarlas ni estar tranquilo todo el tiempo. Significa poder reconocer lo que uno siente, entenderlo, darle espacio y responder de una forma que no empeore el problema.

Muchas personas no sufren solo por tener ansiedad, tristeza, culpa o rabia. Sufren porque no saben qué hacer con esas emociones cuando aparecen. Las viven como algo peligroso, incontrolable, vergonzoso o insoportable.

Cuando una emoción se percibe como una amenaza, es fácil que aparezcan estrategias para cortarla rápidamente: evitar, distraerse en exceso, controlar, aislarse, buscar seguridad, explotar, bloquearse o desconectarse.

El problema no es que la persona tenga emociones intensas. El problema es que no cuenta con recursos suficientes para relacionarse con ellas de una forma más flexible.

Trabajar la regulación emocional no consiste en enseñar a “no sentir”, sino en ayudar a la persona a construir una relación más segura con su mundo interno.

Miedo a sentir determinadas emociones

Este punto es especialmente importante en los problemas de ansiedad. Muchas veces la persona no solo teme una situación externa, sino lo que podría sentir en esa situación.

No teme únicamente ir a una reunión: teme ponerse nerviosa, bloquearse, sonrojarse, notar el corazón acelerado o sentirse observada.

No teme únicamente salir a la calle: teme que aparezca una crisis de ansiedad.

No teme únicamente tomar una decisión: teme equivocarse, sentirse culpable o no poder soportar la duda.

No teme únicamente hablar de algo doloroso: teme derrumbarse, llorar o perder el control.

Desde fuera, puede parecer que la persona evita situaciones. Pero, en muchos casos, lo que realmente intenta evitar son emociones, sensaciones corporales o estados internos.

Esto es clave para entender por qué el problema se mantiene. Cuanto más miedo tengo a sentir ansiedad, más vigilo mi cuerpo. Cuanto más vigilo mi cuerpo, más señales detecto. Cuantas más señales detecto, más miedo tengo. Y cuanto más miedo tengo, más intento evitar, controlar o escapar.

El círculo se va cerrando.

Desde una mirada transdiagnóstica, el objetivo no es convencer a la persona de que “no pasa nada” ni decirle que sus emociones no importan. El objetivo es ayudarle a comprobar, poco a poco, que puede sentir ansiedad, tristeza, culpa o incertidumbre sin que esas emociones tengan que dirigir toda su vida.

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Un ejemplo: ansiedad y depresión desde una mirada transdiagnóstica

Imaginemos a una persona que llega a terapia diciendo algo como esto:

“Llevo meses preocupado por mi situación laboral. Siento mucha presión y tengo mucho miedo a que me despidan. Estoy todo el día preocupado por ello, irritable, y siento un profundo desgaste. La verdad es que llevo tanto tiempo así que cada día tengo menos ganas de nada: no salgo con mis amigos, no hago deporte y solo quiero estar en la cama»

Desde una mirada diagnóstica tradicional, podríamos intentar decidir si lo que predomina es la ansiedad, la depresión, el estrés, la baja autoestima o una combinación de varios problemas. Y, en parte, esa descripción puede tener utilidad. Puede ayudarnos a ordenar lo que ocurre.

Pero desde una mirada transdiagnóstica, la pregunta no sería qué diagnóstico encaja mejor. TNos preguntaríamos cómo se ha construido ese problema, qué hace la persona cuando se siente mal, qué intenta evitar, qué pensamientos se repiten, qué emociones le dan miedo y qué estrategias alivian a corto plazo, pero mantienen el problema a largo plazo.

Supongamos que esta persona empezó a sentirse ansiosa en el trabajo. Tenía miedo a equivocarse, a no estar a la altura o a que los demás notaran su inseguridad. Al principio, intentaba controlar todo al máximo: revisar muchas veces lo que hacía, anticipar posibles errores, pensar en todas las consecuencias y exigirse no fallar.

Durante un tiempo, esa estrategia parecía funcionar. Le daba cierta sensación de control.

Pero poco a poco empezó a agotarse.

Cada tarea se convirtió en una fuente de tensión. Cada decisión parecía demasiado importante. Cada error pequeño se vivía como una prueba de incapacidad. Su mente no paraba:

“¿Y si no valgo?”
“¿Y si se dan cuenta?”
“¿Y si me equivoco?”
“¿Y si esto no mejora nunca?”

La ansiedad fue creciendo. Y, con ella, apareció la evitación.

Primero empezó a posponer algunas tareas. Después evitó ciertas conversaciones. Más tarde dejó de hacer planes después del trabajo porque se sentía sin energía. Empezó a aislarse, a cancelar actividades y a pasar más tiempo en casa intentando descansar.

Pero ese descanso no era realmente reparador. Era más bien una forma de desconectarse del malestar.

A corto plazo, evitar le daba alivio. No tenía que exponerse, no tenía que decidir, no tenía que enfrentarse a la posibilidad de fallar. Pero a largo plazo, su vida empezó a hacerse más pequeña.

Cada vez hacía menos cosas. Cada vez se sentía menos capaz. Cada vez tenía menos experiencias que le aportaran satisfacción, conexión o sentido.

Y entonces apareció con más fuerza el estado de ánimo depresivo.

No necesariamente como algo separado de la ansiedad, sino como una consecuencia de ese mismo circuito: miedo, control, agotamiento, evitación, aislamiento, pérdida de refuerzos, culpa y rumiación.

Aquí podríamos decir que hay ansiedad y depresión. Y no sería incorrecto. Pero quizá esa descripción no es suficiente.

Porque lo importante, terapéuticamente, es entender el circuito que mantiene el problema.

En este caso, podríamos observar varios procesos transdiagnósticos funcionando al mismo tiempo: intolerancia a la incertidumbre, rumiación, evitación, dificultades de regulación emocional y miedo a sentir determinadas emociones.

Desde esta mirada, el problema no es simplemente que la persona “tenga ansiedad y depresión”. El problema es que ha quedado atrapada en una forma de responder al malestar que, aunque intenta protegerla, termina manteniendo su sufrimiento.

Y esto cambia mucho la forma de intervenir.

Si solo nos quedamos con la etiqueta, podríamos pensar en tratar “la ansiedad” por un lado y “la depresión” por otro. Pero si entendemos el funcionamiento del problema, quizá vemos que algunas intervenciones pueden impactar en varios síntomas a la vez.

Ayudar a la persona a reducir la evitación puede mejorar tanto la ansiedad como el estado de ánimo. Volver poco a poco a actividades importantes puede aumentar la sensación de capacidad y recuperar fuentes de satisfacción. Trabajar la rumiación puede reducir el agotamiento mental. Aprender a tolerar la incertidumbre puede disminuir la necesidad de control. Desarrollar habilidades de regulación emocional puede hacer que la persona deje de vivir sus emociones como amenazas.

No se trata de negar los diagnósticos. Se trata de no quedarnos solo en ellos o utilizarlos sólo cuando aportan valor.

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Qué implica esto en terapia

Entender los problemas psicológicos desde una mirada transdiagnóstica cambia la forma de plantear la terapia.

No se trata únicamente de decir “esta persona tiene ansiedad” y aplicar un protocolo cerrado como si todas las ansiedades fueran iguales. Tampoco se trata de ir acumulando diagnósticos —ansiedad, depresión, pánico, obsesiones, baja autoestima— y diseñar un tratamiento diferente para cada etiqueta.

La pregunta principal pasa a ser otra:

¿Qué procesos están manteniendo el sufrimiento de esta persona?

Y esta pregunta cambia mucho el trabajo terapéutico.

Porque cuando miramos más allá del diagnóstico, empezamos a observar cómo funciona el problema en la vida diaria: qué situaciones lo activan, qué emociones aparecen, qué pensamientos se repiten, qué intenta hacer la persona para sentirse mejor y qué consecuencias tienen esas estrategias a medio y largo plazo.

En algunos casos, la terapia puede centrarse en reducir la evitación y ayudar a la persona a exponerse progresivamente a aquello que teme. No para sufrir sin sentido, sino para comprobar que puede afrontar situaciones, emociones o sensaciones que antes vivía como imposibles.

En otros casos, el trabajo puede estar más centrado en la rumiación: aprender a detectar cuándo la mente entra en bucles, diferenciar pensar de resolver y relacionarse de otra manera con los pensamientos.

También puede ser importante trabajar la intolerancia a la incertidumbre. Muchas personas con ansiedad no necesitan tenerlo todo claro antes de vivir; necesitan aprender que pueden vivir incluso sin tener certeza absoluta.

En otros casos, la clave estará en la regulación emocional: reconocer lo que se siente, ponerle nombre, entender qué función tiene la emoción y responder de una forma menos impulsiva, menos evitativa o menos autocrítica.

Y, con frecuencia, será necesario trabajar el miedo a sentir. Porque muchas personas no solo temen lo que ocurre fuera, sino lo que ocurre dentro: notar ansiedad, sentirse tristes, enfadarse, llorar, tener dudas, sentirse vulnerables o perder momentáneamente la sensación de control.

Una terapia basada en procesos no busca encajar a la persona en una categoría. Busca entender qué necesita aprender, practicar y modificar para recuperar libertad.

En este sentido, tratamientos como el Protocolo Unificado o las intervenciones centradas en regulación emocional son buenos ejemplos de esta forma de trabajar. No se centran solo en un diagnóstico aislado, sino en procesos emocionales y conductuales que pueden estar presentes en distintos problemas psicológicos.

El trabajo terapéutico puede incluir exposición a emociones o situaciones evitadas, entrenamiento en conciencia emocional, reducción de conductas de seguridad, cambio en la relación con los pensamientos, tolerancia a la incertidumbre y recuperación progresiva de actividades importantes.

Pero siempre desde una evaluación individualizada.

Porque el enfoque transdiagnóstico no consiste en decir que todo es lo mismo. Consiste en preguntarse qué tienen en común esos síntomas, qué procesos los conectan, qué está haciendo que el problema siga vivo y qué cambios podrían tener un impacto real en la vida de esa persona.

Evaluación individualizada: la clave del tratamiento

Uno de los malentendidos más habituales sobre el enfoque transdiagnóstico es pensar que, si varios problemas psicológicos comparten procesos comunes, entonces todas las personas deberían recibir el mismo tratamiento.

Pero no es así.

De hecho, una buena mirada transdiagnóstica exige justo lo contrario: una evaluación muy individualizada.

No se trata de decir que “todo es ansiedad”, que “todo es evitación” o que “todo se trabaja igual”. Se trata de comprender con precisión qué procesos están activos en una persona concreta, cómo se relacionan entre sí y qué papel cumplen en su vida.

Porque dos personas pueden tener síntomas parecidos y, aun así, necesitar trabajos terapéuticos muy diferentes.

Una persona puede sentir ansiedad porque vive atrapada en la anticipación constante del futuro. Otra puede sentir ansiedad porque teme sus sensaciones corporales. Otra puede estar ansiosa porque intenta evitar cualquier conflicto. Otra puede vivir pendiente de no decepcionar a los demás. Otra puede tener ansiedad porque no tolera la incertidumbre y necesita tenerlo todo bajo control.

Todas pueden usar la misma palabra: ansiedad.

Pero la terapia no debería quedarse ahí.

La evaluación individualizada intenta responder a preguntas más concretas: cuándo aparece el malestar, qué situaciones lo activan, qué interpreta la persona en esos momentos, qué emociones aparecen, qué hace para intentar sentirse mejor, qué evita, qué controla, qué pensamientos se repiten y qué aspectos de su vida se han ido reduciendo por culpa del problema.

Estas preguntas permiten construir una especie de mapa del funcionamiento psicológico de la persona.

Y ese mapa es mucho más útil que una etiqueta aislada.

Por ejemplo, saber que alguien tiene ansiedad puede orientarnos de forma general. Pero saber que esa persona evita reuniones, revisa constantemente sus síntomas físicos, pide tranquilidad a su pareja, duerme mal, se exige no fallar y se critica cada vez que se siente vulnerable nos da una información mucho más útil para intervenir.

Ahí ya no estamos hablando solo de ansiedad. Estamos entendiendo cómo se organiza el problema.

Esto es especialmente importante cuando hablamos del tratamiento de la ansiedad, porque muchas personas no sufren solo por sentir ansiedad, sino por todo lo que hacen para intentar no sentirla: evitar, controlar, anticipar, pedir seguridad, revisar, bloquearse, aislarse o dejar de hacer cosas importantes.

La ansiedad puede acabar ocupando cada vez más espacio, no porque la persona quiera, sino porque sus intentos de protegerse terminan reduciendo su vida.

La evaluación individualizada permite pasar de una frase general como:

“Tengo ansiedad.”

A una comprensión mucho más precisa:

“Cuando siento incertidumbre, intento anticiparlo todo. Como nunca consigo estar completamente seguro, rumio durante horas. Para calmarme, evito decidir o pido tranquilidad a otras personas. Eso me alivia un momento, pero luego me siento más inseguro y menos capaz.”

Esta segunda formulación no es solo más descriptiva. Es mucho más útil terapéuticamente.

Porque señala posibles caminos de intervención.

Tal vez habrá que trabajar la tolerancia a la incertidumbre. Tal vez habrá que reducir la búsqueda de seguridad. Tal vez habrá que aprender a tomar decisiones sin esperar a sentirse completamente tranquilo. Tal vez habrá que entrenar una relación diferente con los pensamientos. Tal vez habrá que recuperar acciones importantes aunque la ansiedad siga presente al principio.

Ahí es donde la terapia empieza a tener dirección.

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Más allá de las etiquetas

Cuando una persona busca ayuda psicológica, es normal que quiera saber qué le pasa.

A veces necesita una respuesta clara. Una palabra. Un nombre. Una explicación que ordene todo lo que está viviendo.

Y esa necesidad es profundamente comprensible.

Pero una etiqueta no debería ser el final del camino.

Porque una persona no es una categoría diagnóstica. No es “un ansioso”, “un depresivo” o “un obsesivo”. Es alguien con una historia, unas circunstancias, unos aprendizajes, unas formas de protegerse y unas estrategias que quizá tuvieron sentido en algún momento, pero que ahora pueden estar manteniendo el sufrimiento.

Desde el enfoque transdiagnóstico, el objetivo no es encajar a la persona en una etiqueta perfecta, sino entender el sistema que mantiene el malestar.

A veces ese sistema estará dominado por la evitación.
Otras veces por la rumiación.
Otras por la intolerancia a la incertidumbre.
Otras por el miedo a sentir determinadas emociones.
Otras por dificultades para regular la ansiedad, la tristeza, la culpa o la vergüenza.
Y muchas veces por una combinación de varios procesos.

Por eso, una buena terapia no debería limitarse a decirte cómo se llama lo que te pasa. Debería ayudarte a entender qué está ocurriendo en tu vida concreta y qué puedes empezar a cambiar.

Quizá no necesitas una etiqueta más precisa.
Quizá necesitas entender mejor qué ocurre cuando aparece la ansiedad, cómo respondes ante ella y qué consecuencias tiene esa forma de responder.

Quizá necesitas aprender a dejar de evitar ciertas situaciones.
Quizá necesitas relacionarte de otra manera con tus pensamientos.
Quizá necesitas tolerar mejor la incertidumbre.
Quizá necesitas dejar de vivir tus emociones como amenazas.
Quizá necesitas recuperar actividades, vínculos y decisiones que el miedo ha ido estrechando.

Y todo eso no se consigue solo con un diagnóstico. Se consigue con una evaluación cuidadosa y un tratamiento adaptado a la persona.

Por eso, más que preguntarnos únicamente “qué trastorno tengo”, puede ser más útil empezar por otra pregunta:

¿Qué está manteniendo mi sufrimiento y qué puedo hacer para recuperar margen de movimiento?

Esa es una de las grandes aportaciones del enfoque transdiagnóstico: permite mirar más allá de las etiquetas y centrarse en los procesos que realmente están afectando a la vida de la persona.

No para negar el sufrimiento.
No para quitarle importancia.
No para decir que “todo es lo mismo”.

Sino para comprenderlo mejor.

Porque cuanto mejor entendemos cómo funciona un problema, más posibilidades tenemos de intervenir sobre él.

Al final, el objetivo no es encontrar la etiqueta perfecta. El objetivo es entender qué te pasa, cómo se mantiene y qué puedes empezar a hacer para vivir con más libertad.

Porque, más allá de las etiquetas, la terapia empieza cuando entendemos cómo funciona el problema en la vida concreta de alguien.

Si la ansiedad está ocupando demasiado espacio

Si sientes que la ansiedad está condicionando tu vida, puede ser útil trabajar no solo sobre los síntomas, sino sobre los procesos que la mantienen: la evitación, la rumiación, la necesidad de control, el miedo a sentir o la dificultad para regular determinadas emociones.

Desde una evaluación individualizada, el tratamiento psicológico puede ayudarte a comprender cómo funciona tu problema concreto y qué pasos tienen sentido en tu caso.

Puedes leer más sobre mi forma de trabajar en la página de tratamiento de ansiedad.

Y si estás interesado o interesada en conocer mi forma de trabajar, puedes solicitar una primera entrevista gratuita de 30 minutos para conocernos. Mi consulta psicológica se ubica en el centro de Mataró (en Baixada d’en Narcís Feliu de la Penya 2 Bis) y así mismo, puedo atenderte también de forma on-line.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa enfoque transdiagnóstico?

El enfoque transdiagnóstico es una forma de entender los problemas psicológicos que se centra en los procesos comunes que pueden mantener distintos síntomas, como la evitación, la rumiación, la intolerancia a la incertidumbre o las dificultades de regulación emocional.

¿El enfoque transdiagnóstico niega los diagnósticos?

No necesariamente. Lo que plantea es que el diagnóstico puede ser útil para describir, pero no siempre basta para explicar cómo funciona el problema en una persona concreta.

¿Por qué ansiedad y depresión aparecen juntas?

Ansiedad y depresión pueden compartir procesos comunes, como la evitación, la pérdida de actividades importantes, la rumiación, la autocrítica o el miedo a sentir determinadas emociones.

¿Cómo ayuda este enfoque en el tratamiento de la ansiedad?

Ayuda a identificar qué mantiene la ansiedad en cada persona: qué evita, qué intenta controlar, qué emociones teme sentir y qué estrategias le alivian a corto plazo pero mantienen el problema a largo plazo.

Referencias

American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.). American Psychiatric Association Publishing. https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425787

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Dalgleish, T., Black, M., Johnston, D., & Bevan, A. (2020). Transdiagnostic approaches to mental health problems: Current status and future directions. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 88(3), 179–195. https://doi.org/10.1037/ccp0000482

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Publicado por Iván
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Soy Iván Gálvez, psicólogo y terapeuta Gestalt y te ofrezco mi acompañamiento en tu proceso de crecimiento personal. Te brindo mis servicios con el propósito de ayudarte a vivir con mayor plenitud y satisfacción, desde el compromiso con la honestidad y el respeto.
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